El invierno ha tocado de lleno los montes del Caroig y un manto blanco de nieve tapiza sus lomas y cresterías. Me encuentro en el corazón de una inmensa región, posiblemente una de las zonas más salvajes y remotas del País Valencià.
Llego a las inmediaciones del pico Caroig, que da nombre a este colosal Macizo, allí arriba, el termómetro marca -8ºC, son las 14h del día 20 de diciembre de 2009. Cerca de la cumbre, en un punto estratégico del bosque días atrás monté un refugio para poder ‘cazar’ con mi cámara a un buho real en su posadero habitual. Se trata de una pareja de estas bellas aves, la cual llevo controlando cerca de dos años. La idea que me rondaba por la cabeza esta vez, era poder fotografiarlo en un ambiente puramente invernal, y había llegado la ocasión, pues una lengua de aire polar estaba barriendo la península.


Me apresuro a entrar en el refugio, el frío empieza a hacerse insoportable y he de darme prisa en preparar el material fotográfico.
Una vez terminado todo, solo me queda esperar a que el ‘Señor de la noche’ se deje ver en el roquedo, donde suele posarse antes de iniciar sus incursiones cinegéticas, justo con los últimos y débiles rayos solares.

El Buho real es la más grande y poderosa de nuestras rapaces ibéricas, y la cultura popular se encargó de mitificarla en sus leyendas y supersticiones durante muchos años pues, sus costumbres nocturnas y su aspecto enigmático y silencioso provocó desde siempre el recelo de la gente de la sierra que siempre lo asoció con demonios y malos espíritus que habitaban el bosque. Antiguamente, no sería de extrañar que en algunos de los parajes de esta sierra, quizás por Navalón, quizás por el Peñon de los Machos (en la cercana Sierra de Enguera), acaso cerca del pico Caroig o tal vez por el Cañón del río Júcar, se escuchara el ulular profundo y tenebroso del buho real que seguro, a los pastores y leñadores de antaño alguna vez les puso los ‘pelos de punta’. Afortunadamente hoy, desmontadas estas inútiles creencias, los hombres del campo saben apreciar y proteger a estos habitantes del bosque de montaña, donde instala sus nidos y posaderos en cortados rocosos que le ofrecen cobijo y un dominio absoluto del terreno que tiene a sus pies. Su celo acontece en los primeros meses del invierno donde el canto del macho al reclamar a la hembra, puede oirse desde grandes distancias y, os puedo asegurar que no hay nada más emocionante y estremecedor que escuchar su lúgubre ulular, retumbando en la inmensidad de estas sierras, en una fría y helada noche invernal.
De repente, un viento fuerte golpea la lona de mi escondite y hace que vuelva de mi ensimismamiento, donde me doy cuenta de la soledad que hay a mi alrededor, me encuentro en medio de un desierto de hielo, con la noche echándose encima.

Pero, el “Principe de las tinieblas” como suelen llamarlo a veces, hace su aparición durante los instantes justos para poderlo inmortalizar con mi cámara.

La satisfacción es enorme, y esto me da fuerzas adicionales para desmontar el refugio rápidamente y empezar a caminar, ya bien entrada la noche.