Texto: Xavier Aznar y Jose Mena.

Fotografías: Jose Mena.

Vicente Talens: La herencia de un pasado cercano

(Este artículo se publicó con fecha de agosto de 2010. Lamentablemente dos años después nuestro amigo Vicente falleció, dejándonos en herencia un legado de un valor incalculable y un ejemplo de honradez, muy difícil de encontrar hoy en día en esta sociedad hipócrita y llena de sinvergüenzas). 

Se nos muestra, amigable y sonriente, una silueta montada a lomos de una vieja bicicleta de la posguerra, en la que están insertas las huellas de una historia llena de vivencias y fatigas. Seguro que pocos hacen una lectura adecuada de lo que ha sido y es su presencia entre nosotros. Su imagen, hoy arcaica, nos trae noticias de una época cercana en el tiempo, pero lejana en las costumbres. Se maneja torpemente en el núcleo urbano- en lo que denominaría certeramente Joaquín Sabina “selva del asfalto”-; pero, contrariamente, dentro del mundo rural sería capaz de desentrañarnos los secretos más profundos de su mejor amiga: la naturaleza en su esencia más genuina. Hubiera servido de inspiración a Miguel Hernández y a Buñuel, pero, en cambio, habría sido devorado sin piedad por el mundo neoliberal urbanita. En esta alargada silueta confluyen, como por arte de magia, el pasado y un presente que se diluye entre nuestras manos, pues  por desgracia, ya no se percibe en esta figura ningún signo de permanencia, y decimos “por desgracia” porque su historia es signo de la pérdida de un modus vivendi que escribe su epílogo ante nuestros ojos.

Su sabiduría, labrada a fuerza de golpes, está especializada en la más primitiva, pero eficaz superación humana ante una naturaleza hostil. Hablamos de Vicente Talens. Hijo de una saga de tres generaciones de antiguos pastores que muere con él, y con él unas costumbres y un modo de entender y vivir la vida. Ciertamente, y utilizando su imagen como signo y símbolo, podemos hablar hoy de una caída del mundo del campo en favor de profesiones técnicas que requieren estudios superiores y que miran el mundo de sus padres como un pasado a superar en pro de un futuro mejor que tiene su praxis en las grandes urbes. Dentro de este contexto enclavamos el artículo que nos ocupa. El mundo del campo en España y, concretamente en nuestras tierras valencianas, ha ido perdiéndose lenta pero significativamente. Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que actualmente nos hallamos inmersos en un “cambio de época” en una “revolución silenciosa” que tuvo sus raíces en la emergente economía de mercado. Sin duda que el nuevo modelo económico, basado en la competencia y el prestigio social que dan las finanzas, ha cambiado el tamiz laboral de nuestros pueblos ribereños. El joven que permanecía en el pueblo y que en él continuaba el trabajo heredado de sus padres, y a la sazón mantenía bello y productivo el jardín natural, ha pasado a verse como alguien sin ambición y, lo que es peor, sin futuro. Las jóvenes generaciones han quedado deslumbradas por «las luces de neón» y por los cantos de sirena que trasmiten los medios de comunicación social: un atractivo demasiado tentador. En este contexto de cambio económico y social, pasamos todos por ser notarios del nuevo ciclo histórico. Villanueva de Castellón, pueblo eminentemente rural y agrícola, ha cambiado su fisonomía laboral y ya son muy pocos los que trabajan el campo y la ganadería.

Nuestras calles y campos han visto nacer y vivir a miles de hombres y  mujeres, y con ellos, centenares de tradiciones y costumbres. Cada uno de ellos ha forjado la identidad de nuestro querido pueblo; cada vida- gota de sudor y de lágrimas-, constituye nuestro acerbo cultural más amplio. Llevamos en nuestra sangre la vida, la lucha y el carácter de miles de almas que vivieron bajo nuestro mismo cielo y que regaron con sudor nuestra misma tierra. Hoy, más que nunca, deseamos rendir un pequeño homenaje, en la figura de un hombre singular, a todos aquellos que sembraron de ilusiones nuestras sendas ribereñas. No olvidemos que nadie vive solo, sino que cada vida es fruto del peso de la lucha y la historia de todos aquellos que le precedieron. A nuestro amigo Vicente la naturaleza le supo educar como pudo, pues no eran tiempos propicios para la enseñanza en las escuelas, y aquélla [la naturaleza], asumiendo “su” responsabilidad, le acogió en sus ásperas manos y le abrazó en su regazo de sudor y estiércol. Tiernamente le enseñó a tener una mirada limpia y honesta, a la vez que tranquila y solidaria, pues no son hijos del campo el orgullo, la soberbia y la codicia.

Observando detenidamente a nuestro amigo, te das cuenta que nada escapaba a su natural inteligencia; se trata de un saber forjado en la experiencia del que observa la vida como un don, con amor y respeto hacia sí mismo y la belleza que le rodea. Es importante resaltar lo que el prestigioso antropólogo Claude Lévi-Strauss afirma al respecto de esta idea. Según el pensador francés, podemos caer en el error de que el tipo de vida de nuestros antepasados y al que ahora decimos frívolamente adiós, carece de técnica y conocimientos profundos del mundo. Sería –según esta idea- un saber basado en el puro utilitarismo; es decir, lo que se conoce se hace por necesidad y no encontramos en él [el hombre del campo]  ningún saber clásico o cultural. El hombre del mundo rural pasaría, para el mundo de hoy, por ser un hombre rudo y falto de luces intelectuales. Pero -según Lévi Strauss- se esconde una enorme falacia en dicho juicio, pues lo que conocen los hombres educados en la naturaleza y en el campo, lo conocen por la experiencia, que es el mismo método que utiliza la ciencia moderna, por lo que no descansan sobre el mito y sí en la observación. Ninguna técnica surge por azar, sino por hipótesis puesta repetidamente a prueba. En el presente artículo -como hay lugar a la duda-, pretendemos hacer visible y tangible, aquello que puede pasar desapercibido para nosotros: hacer público lo privado, o -como diría Turner- “hacer social lo personal”. Intentamos describir un momento histórico liminar; es decir, un lugar en la historia colectiva [de todos nosotros] ubicado entre “lo uno y lo otro”, como momento de transición o de inicio a una nueva concepción del trabajo y la historia. El sujeto activo de un rito de paso, como es el que nos ocupa, es invisible a la sociedad en el periodo liminar, por lo que pretendemos “hacerlo visible”, para que “esta visibilidad” le conceda el valor cultural que requiere. Lo curioso de este caso, y por ello reseñable, es que posee una realidad física; es decir, está entre nosotros, pero no posee una realidad social; a saber, su modus vivendi ha dejado de existir silenciosamente ante nuestros ojos. Nuestro compromiso como etnógrafos es la de observar los hechos interpretativamente y no limitarnos a la mera observación. La descripción, de por sí, ha de ser explicativa e interpretativa. Ese debe ser, y no otro, nuestro compromiso científico.

Vicente Talens ha tenido, durante un largo periodo, la amabilidad y paciencia de mostrarnos todo lo aprendido como herencia y experiencia propia. Sin duda, sabe que es el momento de hacer balance de toda una vida, y lo hace serenamente, con la tranquilidad que le brinda su conciencia. Su niñez forjada en los caminos de herradura, en la soledad del caminante, con la única compañía del duro clima invernal o estival. Le acompañaban fielmente el balido de sus ovejas, la compañía y fidelidad de su perro y, como no, la ilusión de sus propios pensamientos. Ahora, jubilado, con la mirada en el horizonte, acierta a entender la importancia que tiene la palabra dada y la mano tendida. En la infancia, -nos cuenta- “las condiciones para el pastoreo en el pueblo [Castelló] eran muy difíciles”. Recuerda los largos periodos por hatajos, caminos y campos donde se podía ver la vida pasar [privilegio que posee el pastor por su trabajo], al tiempo que se apercibía de cómo pasaba la suya.

Hemos caminado junto a él reviviendo sus recuerdos, concretamente por la vereda que hacía en Verano desde Villanueva de Castellón hasta Alpera, en tierras manchegas, donde tardaba dos días en lleguar a su destino, atravesando parajes de una belleza extraordinaria: Sierra del Montot (Cotes), Sierra de Sumacàrcer, Les Eres (Navarrés), Río Grande (Cañada Real de Almansa), Fuente La Jaraca, Fuente Agujerá, Casa del Alto y Fuente Las Vacas, Caserío Las Madroñas, La Casa del Pino… (Ayora) y Alpera… a Vicente se le hace un nudo en la garganta, él no sabe que le observamos y su mirada se pierde en el recuerdo. De pronto y rompiendo el incomodo silencio, nos indica el lugar donde paraba a descansar o a buscar la sombra, es fácil imaginarlo y sumergirse en el reloj de su historia. Desde la atalaya de la vida campestre, era capaz de observar lo pequeñas y mezquinas que, en ocasiones, se tornaban las vidas de los hombres: envidias, recelos, calumnias…, en cambio, la paz y el silencio eran el privilegio y adorno de su vida, ello le permitía tomar cierta distancia de las cosas, pues el tiempo, era su aliado. En la Sierra de Santa Anna recoge unas hierbas que ahora dice necesitar: El perico (Hypericum perforatum) y el rabo de gat (Sideritis tragorinarum). Uno, de repente, sueña con mil remedios escondidos en la naturaleza y que, puede ser, hayan quedado olvidados o velados en el trasiego de la urbe. Este día era fiesta para Vicente, la luz le ha vuelto a la mirada. La naturaleza se ha vestido de gala para recibir a un amigo y no le esconde sus delicias. Vicente lleva entre sus puños un manojo de hierbas: se trata de un ramillete, ofrenda florida que hoy le obsequia su madre: la naturaleza; nos lo da a oler, en su rostro se refleja una enorme felicidad, y como no, quedamos fascinados por lo saludable de su aroma. Unas hierbas son para el vientre, otras para curar infecciones varias y otras para… en fin, no hay remedio casero que se le escape. El monte le ha dotado de una complexión fuerte, robusta, de modo que ha gozado siempre de una extraordinaria salud, pero ahora –dice- no ser el mismo. El canto del papafigues nos alerta, se nos ha hecho tarde y es necesario volver a casa, no obstante nos da tiempo para observar el intenso amarillo que lo engalana posado en la copa de un árbol. En ese mismo instante descubrimos también al rossinyol, nos acercamos con sigilo y, la madre, al verse amenazada, alza el vuelo con vigor. Durante los encuentros que tuvimos con Vicente nos mostró todo un abanico de propiedades curativas del monte y que él aplicaba y se aplicaba a sí mismo y a su rebaño. Cuando una oveja aparecía con el ojo blanco, lo que se denomina una “nube en el ojo” –en valenciano decimos “tel”-, significa que el animal se ha herido o ha recibido algún pinchazo en el monte. Hay que actuar rápido: se la pone boca abajo, se la traba y se coge la oreja de la parte del ojo dañado; al tiempo que se le corta la punta de la oreja, la sangre que brota se aplica directamente en el ojo y a los tres días el animal viene curado. No falla -afirma Vicente-. Cuando la oveja malpare o aborta, queda llena de leche y está destinada a morir pues se le engangrena “el braguero”. Se le intenta vaciar la leche pero ello no es suficiente y se han de tomar otras medidas. Siempre hay alguna oveja que aborrece a una de sus crías; es entonces cuando se coge un papel y se le pone sal, y, con un pepino que se introduce en la naturaleza de la hembra enferma por el aborto, todo él restregado por la cría que ha sido dejada de lado, hace creer a la oveja, por el olor y sabor, que es fruto de sus entrañas, lo que salva a ambas: la madre que ha perdido a su cría y la cría que ha sido despreciada por su madre. Cuando abortaban había que darles “ruda hervida” o “esparraguera borda” con el fin de que expulsara los microbios (la paria o llit). Recuerda como, Aznar [el Ordenari, transportista del pueblo que comunicaba el pueblo con la capital de Valencia], les traía las medicinas necesarias para tratar los animales: balsaben y penicilina para la retención de leche, lo que les quitaba la fiebre; había que darles tres pinchazos, uno diario. El balsaben les desparasitaba el hígado, y había que pincharlas 2 veces en 15 días. La misma operación se repetía dos veces al año. La cola de las ovejas se tiene que cortar cuando la luna mengua, pues el animal tiene tendencia a coger infecciones, lo que él denomina “modorra[1]”. Además, el desecho de los animales también se ha de sacar cuando la luna mengua, pues de no ser así, el corral se llenaría de pulgas. Con la particularidad de que fermenta para poder ser utilizado como abono y si no se saca en esta fase de la luna, se seca.

            Recuerda Vicente que en el pueblo de Villanueva de Castellón llegaron a contarse más de dieciocho pastores y los enuncia por su nombres, como si enumerara a los hijos de Jacob: Salvador, Vicente, Eliseo, Silverio, Fernando, José, – todos ellos de la saga de los Talens-, Moragues, Fayos, Ramón Aviño[2] [al que ya dedicamos un artículo en el pasado libro de fiestas], Vicente Alandes, Eusebio Buitrago[3], etc.… Todo se debe a que, en Villanueva de Castellón, las plantaciones de arroz eran buenas y abundantes. El rebrote del mismo, una vez segado y cosechado, era plato apetecido por las ovejas. Desde la acequia Escalona hacia abajo, todo era una inmensa plantación de cereales. Una vez se empezó a dejar de plantar el arroz, debido a los brotes de epidemias y otros factores, se plantaron alcachofas, melones, habichuelas blancas y sobre todo naranjos en los altos por la falta de agua. Estas nuevas plantaciones no proveían de los pastos necesarios para el ganado, por lo que se fue acabando la vida ganadera y con él los pastores. Las nuevas plantaciones estaban impregnadas de herbicidas y de coches que se ponían nerviosos ante el obstáculo del ganado. Recuerda que un día se le murieron 8 ovejas por comer herbicida, él no advirtió que el campo había sido tratado con este material, lo que le ocasionó un gran disgusto. Cabía estar con los cinco sentidos, un pastor no podía andar despistado, pues a la mínima se jugaba su hacienda. El mismo “agret” que crece en los campos de naranjos de la ribera, es tierno y jugoso para el animal, pero con la particularidad de que esconde un hilo en el tallo que no puede ser digerido por la oveja. Ésta lo come a boca llena y después puede morir de indigestión. Vicente les preparaba “vino caliente” y se lo daba para que la comida les cociera dentro de la tripa y no murieran.

A él le gustaba hacer queso, aprovechando el cuajo natural que le proporcionaban las alcachofas. Afirma que era buenísimo y completamente natural, de cordero lechal. En Castelló lo vendía a distintas tiendas y tenía gran aceptación. Hacía dos variedades: seco y tierno. Una vez la oveja no daba leche, era el momento de llevarla al matadero, por ella le pagaban entre cinco mil y ochocientas pesetas, dependiendo del momento. Tanto es así que ha conocido muchos y diversos precios de animales a lo largo de su vida. Ha comprado ovejas en Cárcer a 400 pesetas, cuando su padre lo hacía por 40 pesetas, ya fueran de uno, dos o tres años. En Navarrés compró cabezas de ganado a 1550 pesetas, aún lo recuerda. Una vez adquiridas, cabía volver andando desde Navarrés a Villanueva de Castellón. Allí conoció a Ramonazo, con el que conserva una entrañable amistad. El contrato se hacía de palabra y con un apretón de manos, ello bastaba, hoy se hace factura y, aun así, la gente no cobra, -afirma Vicente indignado-. Desde las 7 de la mañana, hora en que salía, llegaba al pueblo a las 9 de la noche, cansado pero contento. De camino iba sólo y en ocasiones rezaba, tenía sus creencias –dice-. Afirma que hay que respetar a los demás y ser respetado a la vez; posee un código ético propio y que por nada traicionaría, código que ha confeccionado en las largas horas que el camino le dio para la reflexión. El camino era largo y las estampas de la Mare de Déu dels Dolors y la del Crist dels Prodigis, guiaban su ascético camino hacia la fértil ribera del Júcar.

Nos remontamos en la imaginación a lo que fueron sus duros días de trabajo. Imaginamos que es verano y ya amanece, el rebaño se prepara para el sofocante calor estival. Vicente llega al corral y antes de sacar las impacientes ovejas, cuelga el zurrón y el cayado en la estaca de la puerta de entrada. Se dispone a realizar su liturgia diaria que consiste en separar de sus madres a los corderitos nacidos días antes, pues éstos son muy pequeños aún para salir al monte. Después prepara el resto del rebaño para la dura jornada de campos de herradura y sol sofocante. Por fin, el pastor abre la puerta y las ovejas salen en estampida. Son las “tantas” de la mañana. Le esperaban horas de fuerte calor hasta las 11, que será la hora en que regresaremos al corral. Nos sentamos a la sombra de un enorme níspero, cargado de frutos. Mientras tanto, Vicente cuenta [volvemos al presente] como cada vez se abandona más la tierra a causa de lo mal pagados que están los labradores, hombres que cuidan con esmero durante un tiempo sus cosechas para que los intermediarios se lleven la mejor parte del pastel. “La oveja se cría detrás de la reja” –afirma-, al paso del arado la hierba que sale es mejor, tiene más savia y es más nueva. La hierba de los campos viejos y abandonados es más “ruin”, por eso, es tan importante que la tierra se cultive, trabajándola nos beneficiamos todos. ¿Por qué en La Mancha se crían tantas ovejas?, porque se trabaja mucho la tierra: rastrojeras, barbechos… en cambio aquí ya no. Por último nos cuenta la anécdota de la serpiente. Era enorme –afirma- el perro había quedado hipnotizado por el reptil, y éste, de no ser por su rápida actuación, hubiera asfixiado al perro hasta matarlo. Según cuenta Vicente, la serpiente era tan grande que poseía hasta un vasto pelo en la crin. Sin duda el mundo rural nos presenta su propia mitología, y tiene su propios “demonios” como también los tiene la urbe, pues el hombre posee una dimensión intangible y misteriosa.

Terminamos con una reflexión de los poetas ilustrados y clásicos latinos. Podemos comprobar como la vida con el medio natural y con los animales siempre a estado rodeada de cierto encanto; pués remite a la paz y la felicidad. Estos so algunos de los atributos que en la actualidad dicen los psicólogos que faltan en nuestra sociedad. Concretamente, a la sàtira sexta del libro segundo, el poeta lqtino Horacio describe lo que para él constituye la cumbre de la felicidad: “Aquests són els meus anhels: un terreny no massa gran, amb un hort al costat, una font d’aigua a prop de la casa i un bosc a la vora“. El ideal horaciano de la vida retirada, de la huida de la ciudad se hace presente al hablar de “quan jo em vaig retirar al meu reducte de la muntanya des de la ciutat“. Continua diciendo: “mirant los camps…lo bestiar, seguir la vida plana sense brogit, sense passar gana, sense por de la climatologia, exercitant el cos, caçant i collint fruits dels arbres”, parece corresponderse con el ideal horaciano o vida en el campo quan et podré tornar a veure? Quan em serà permès de deixar transcórrer la meva vida en el dolç oblit, amb els meus llibres, o descansant i deixant passar les hores? Se pregunta el gran poeta latino. La vida retirada i sencilla que se desprende de estas obras pueden ser consideradas como un tópico proveniente ya de la tradición griega i latina, y que al Renacimiento se repite frecuentemente, con los ejemplos de Boscá, de Garcilaso y el paradigmático mensaje de Fray Luís de León (XXIII, 3-10):

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa

en al campo deleitoso

con solo Dios se compasa

y a solas su vida pasa,

ni envidiado ni envidioso.


[1] Se agua el cerebro.

[2] Habla de él como un hombre valiente. En pleno invierno y con dos dedos de escarcha, cruzaba el río Albaida con los pies desnudos, con agua hasta las pantorrillas. Vicente no se atrevió, pues el frío era intenso, y, para ello, utilizaba unas botas de plástico que después escondía en los márgenes del río. El tráfico les impedía atravesar el puente por la parte de arriba.

[3] Que vino desde Madrid, después de la guerra, a vivir del campo de Villanueva.