Mayo de 2009
A finales de mayo acompañamos a Ramón, nuestro pastor de Navarrés, por los campos abandonados y que lindan con los claros del bosque. Ya es primavera y las golondrinas festean alborotadas de un lado a otro del cielo, sabedoras de que el paso del ganado les proporcionará alimento: los insectos que se esconden entre las piedras y ahora quedan al descubierto. Cerca, en un pequeño soto del monte, volvemos a escuchar el armonioso canto del cuco (Cuculus canorus), que parece advertirnos de su presencia y dominio del lugar.


Son fechas en las que el campo rebosa de colores y vida: manzanilla borde o amarga (Santolina chamaecyparissus). Ramón, además del conocimiento de la naturaleza, nos sorprende con sus conocimientos de botánica. Asegura que estas hierbas son muy buenas para la circulación sanguinea. Mientras, seguimos conversando y acompañando el ganado por los pastos, pisamos los campos de viejos aceituneros repletos de Siempreviva de monte (Helichrysum stoechas). La vista es impresionante: el suelo se presenta a nuestros pies con un amarillo intenso lo más parecido al sol. Empiezo a estornudar y Ramón me dice que también les pasa a las ovejas y es debido a unas flores amarillas (Andryala intergrifolia L.), q ahora abunda en los campos en los bordes del camino. Otras flores que observamos, en este peculiar viaje al fondo de la flora, son las Hierbas de San Juan (Hypericum perforatum1). Como se puede adivinar, el espectáculo que nos brinda la naturaleza es excepcional, y, sin apenas darnos cuenta, el estrés desaparece. Retorna a nosotros el sosiego y la paz, como dulce huésped del alma. Sin duda a medida que uno recorre los campos y acompaña al pastor en su itinerario, va adquiriendo, con exactitud, la misma experiencia que narra Fray Luís de León en su prosa titulada La Vida Pastoril:
“La vida pastoril es vida sosegada y apartada de ruidos y ciudades y de los vicios y deleites de ellos. (…) Tienen sus deleites, y tanto mayores cuanto nacen de cosas más sencillas y más puras y más naturales; de la vista del cielo libre, de la pureza del aire, de la figura del campo, del verdor de las yerbas, y de la belleza de las rosas y de las flores. Las aves con su canto y las aguas con su frescura le deleitan y sirven; ya así por esta razón es vivienda (la naturaleza) muy natural y muy antigua entre los hombres…2
Sobre las 12 de la mañana las ovejas se detienen a la sombra de unos pinos a hacer “sestero”, nosotros aprovechamos para descansar, comer un poco y para mi es el momento en que relajadamente converso con Ramón. A nuestros pies, inmensos bancales de oliveras, es el paisaje de secano por excelencia de estas tierras dominadas por el pico Caroig. Como decía paco Tortosa en su libro “Arquitectura rural del Macizo del Caroig”, mucho de los olivos de los cuales tomamos su aceite, ya estaban en pie cuando llegaron las tropas de Jaime I, y han sido testigos mudos, con sus ramas caídas y troncos retorcidos, anclados en los bancales o junto a los viejos caminos, del paso de los rebaños trashumantes hacia la Alta Castilla. Así pués, aparte de las inmensas sierras del Macizo, este es, el paisaje más característico por el que se mueven los pastores del Caroig.

1 El nombre hipérico deriva del griego hyperikon (“sobre las imágenes” o “por encima de una aparición”). Para algunos, el nombre hace referencia a la propiedad que se le atribuía de hacer huir a los malos espíritus y las apariciones; solían colgarse flores de esta planta sobre las imágenes religiosas el día de San Juan; para otros, las glándulas de sus pétalos parecen formar imágenes (a este hecho se le dio mucha importancia en la Edad Media, ya que era utilizado en los exorcismos por sus virtudes cabalísticas). El termino perforatum se debe a las glándulas de aceite situadas en sus hojas y sépalos que le dan a la planta un aspecto perforado, si se observa al trasluz.
2 Del Mar, E. FR. Luís de León “La Vida Pastoril”. Modelos de literatura en prosa, extractos de los más célebres escritores españoles desde el siglo XV hasta el presente. Casa de Juan Chapman, 121, Newgate Street, Londres, 1854, pp. 77-78.

Ramón me cuenta que hace unos años cuando llegaba el verano hacían la “majá”: sacaban del corral a las ovejas sobre las 7 u 8 de la tarde, cuando el sol no pegaba tan fuerte y la brisa intentaba tímidamente ganar presencia, desde esa hora y hasta aprox. las 12 de la noche las ovejas pastaban, y desde esa hora hasta las 4 de la mañana se recogían a descansar. Siempre los pastores buscaban los altos de las sierras, pues las ovejas tienen tendencia a ir subiendo hacia arriba, de esta manera se aseguraban que durante esas horas de descanso en la “majá” las ovejas no bajaban, permanecían en las faldas del monte pastando y ellos podían permanecer un largo espacio en soledad: “Íbamos a buscar los montes más altos. El ganado de noche cuesta abajo no va y hay que buscar los altos”. Los pastores cortaban matas de romero, lo escampaban y se hacían una especie de cama, se cubrían con una manta y dormían unas 3 ó 4 horas. Su padre y los pastores de entonces restregaban ajos por las piedras alrededor de donde tenían que dormir para así, protegerse de víboras, escorpiones, arañas y sadetones. A partir de las 4 de la mañana el rebaño movía hasta las 10 aprox. donde se volvían de nuevo a encerrar en el corral y protegerlas del fuerte sol.
En verano si la hierba estaba muy seca las ovejas no querían comerla, los pastores recurrían a la sal dejando que los animales la lamieran, de esta manera bebían mucho agua y se empachaban, así al día siguiente cuando salían a pastar tenían tanta hambre que se comían todos los hierbajos por muy secos que estuvieran. Ramón, mientras nos cuenta todo lo referido al ganado en los fuertes días de julio y agosto, nos recita otro poema que aprendió en las montañas y que se recitaba una vez concluía el período estival, y por tanto, abandonaban la “majá”:


“Ya el día es corto,
la noche larga.
Ya blanquean los montes con la invernada
ya se van los pastores de sus majadas
ya se queda la sierra sola y callada”