Mayo de 2009
Sierra de Navarrés, camino embalse de Escalona y Tous. Mañana soleada, el rebaño pasta tranquilamente en un huerto abandonado. De repente, una oveja se pone de parto. El pastor días atrás ya lo había advertido: “Mañana hay cambio de luna y es fácil que empiecen a parir las ovejas”. Así ocurre, una de ellas lo hace y pare dos corderos.


A la sombra de un gran cerezo, nos disponemos a dar cuenta de un bienvenido almuerzo, la montaña abre el apetito. Ramón me cuenta lo que le sucedió a un pastor estando de “majá” en la sierra de Bicorp en la partida de la Juanera: “el hombre se acercó de noche a beber en una fuente y le picó un sadetón1, los hijos le rasgaron la zona afectada para que el veneno no pasara a la sangre y lo cargaron en una caballería tirada por una mula y se lo llevaron a Ayora al médico”. (Nota: aci parlar un poc del Sadeton i de les serps: Ramón distingue a la perfección el tipo de culebras que serpean por el monte y su peligrosidad, pues en ello está el cuidado de sus ovejas y el suyo propio: el sadetón es la víbora hocicuda, en cambio el sacre es la culebra de escalera, mientras que la serpiente verde es la culebra bastarda).


1 A menudo los reptiles salen con facilidad en las conversaciones con los pastores. No se dejan ver tanto en el prado, donde saben esconderse de la presencia humana y son sorprendidos en raras ocasiones. De hecho los pastores saben más de ellos por la herida de alguna oveja que por visión directa de dichas alimañas. Sin duda que lo que cuentan alrededor de estas sierpes ponzoñosas tiene su correlato real, pero a menos que uno racionalice medianamente sus comentarios, se da cuenta de que estos están envueltos de cierto ropaje mítico. Parece que sean relatos que emanan de bestias medievales recogidas en algunos escritos por personas que las oyeron a sus ancestros. Los relatos, con el tiempo, iban cobrando razón épica y de leyenda, lo que hacía de estos animales enormes y peligrosos monstruos peludos. Se trataba de bestias imposibles que atemorizaban los sueños de los indefensos pastores y labradores. Seguro que todo ello tendrá una explicación científica, pero al escuchar tantos relatos en torno a éstas, uno se pregunta, mirando intranquilamente a su alrededor y mientras siente un leve escalofrío: ¿Quedará alguna? ¿Será verdad todo, o parte, de lo que se dice? ¿Nos observará para acecharnos?
En los mitos griegos la serpiente aparece descrita bajo la forma de un monstruo con alas de dragón, y se cuenta que se entretenía asolando la región griega donde se asentaba el monte Parnaso, cerca de Delfos, y que allí devoraba a hombres y animales, sembrando el terror con su temible presencia. Otros autores vinculan el nacimiento de la serpiente con el diluvio que asoló la tierra en el principio de los tiempos. Por culpa de las depravadas costumbres de la raza humana, Zeus envió un diluvio para acabar con los hombres. Solo sobrevivieron dos personas: Deucalión y su mujer, Pirra, que consiguieron salvarse por haber llevado una vida recta y acorde con los mandatos de los dioses. Ya en el Antiguo Testamento, concretamente en el libro del Génesis la serpiente es la instigadora del hombre, y, en el libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento, representa la bestia que con sus fauces intenta devorar al Salvador del mundo.
Asimismo, los autores clásicos vinieron a alimentar el mito, de modo que se ha ido configurando una auténtica leyenda entre los pobladores del campo. En el siglo I, Plinio el Viejo, escritor, científico y militar romano, nos habla del iaculo. Lo muestra como un animal que atraviesa las ramas de los árboles, al que le atribuye capacidad voladora: “El iaculo se arroja desde las ramas de un árbol, de modo que no es solamente peligroso en tierra, sino que vuela a través del aire como el proyectil de una catapulta” (Plinio el Viejo. Historia Natural, libro VIII, 35.).
Del mismo modo, San Isidoro de Sevilla, en el siglo VII y en sus Etimologías, donde viene a definir qué es la historia, realiza un breve pero interesante comentario acerca de esta serpiente voladora: “El yáculo es una serpiente voladora. Saltan desde los árboles y se lanzan sobre los animales que pasan, a lo cual debe su nombre, saeteras (Iaculi)”. (Isidoro, San. Etimologías. Libro XII, 4: 29.). Y de ahí, viene el nombre de Sadetón, que tanto nombran los pastores del Caroig.
Desde esta perspectiva, y sabiendo que no todo es leyenda –pues estos fragmentos vendrán dados por la observación de los distintos naturalistas-, no es difícil entender el cómo se ha ido fraguando todo este tipo de creencias en monstruos capaces de asaltar el ganado e incluso al hombre.

En un bosquecillo muy cerca oímos el canto del cuco y Ramón, de forma súbita y cortando parte del salchichón, acompañado de un mendrugo de pan y mientras se encoge por el trago de vino peleón que lleva en una pequeña bota, nos recita unos versos populares acerca de tan singular pájaro. La curiosidad de esta ave es que pone sus huevos en nido ajeno, de forma que otra especie de pájaro criará sus poyuelos sin saberlo. Además, los poyuelos del cuco son más grandes de tamaño que el resto, por lo que los otros vástagos, o bien serán arrojados al suelo y condenados al óbito, o bien morirán de hambre por no poder competir con estas expoliadoras crías:
“Cuco, pájaro que nunca anida,
pone un huevo en nido ajeno
y otro pájaro lo cría”.


Seguidamente deja de hablar de las alimañas del campo y vuelve con un refrán que se dirige a los pastores. Habla de ellos como hombres que vagan sin calor de hogar, que de día van por el campo y por la noche en los corrales. Su trabajo requiere de una atención constante, ya sea para el pasto y buen aprovisionamiento del ganado o para la atención de cualquier enfermedad o cría de los animales. Afirma que son muchos, los que despectivamente se dirigen a ellos con estas rimas, pues según muchos su trabajo les aparta de las relaciones sociales y se convierten en extraños para el común de la gente, como dice el verso en brutos y animales:


Los pastores no son hombres
que son brutos y animales,
que de día van por el campo
y de noche por los corrales.


Este refrán no es de su agrado, pues no lo considera justo y adecuado a la realidad que viven los pastores. Es cierto que su labor exige un enorme sacrificio, pero no es menos cierto que les capacita para percibir detalles que otros son incapaces de ver, y al instante reformula el verso cambiando las estrofas. Es un verso precioso y cargado de simbolismo, pues se sabe que, al nacer el niño Dios en la gruta de Belén, fueron los pastores, los más humildes sobre la faz de la Tierra, los primeros en recibir la noticia y en adorarle:


Los pastores no son hombres
que son ángeles del cielo,
en el adorar al niño
fueron ellos los primeros.