10 Septiembre de 2009. Caroig

Jose Vicente es el último pastor del Caroig, él representa la última esperanza de un oficio milenario al borde de la desaparición. A sus 42 años (2009), cuida uno de los últimos rebaños de cabras blancas celtibéricas de la Comunidad Valenciana.

Junto al tío José1 subimos hacia el pico Caroig en busca del ganado de cabras de JV. Este pastor es uno de los pocos que aun guían rebaños de cabras blancas serranas. Lo encontramos en el corral de la Casa del Cura en término de Teresa de Cofrentes. JV está dando cebada y paja a los machos reproductores, que en esta época los tiene encerrados en el corral para que no se apareen con las hembras.

El resto del rebaño pasta tranquilamente por el paraje de la Tona-Fuente de la Carrasca. Más tarde salimos en busca de las cabras, bajando por una senda que conduce a un abrevadero, donde encontramos al rebaño haciendo sestero. Es mediodía, y el verano aun se resiste en abandonarnos…

JV tiene unas 500 cabezas, no puras del todo (las celtibéricas son totalmente blancas), hay de distintos colores, moteadas en negro, marron, etc. Su objetivo en unos pocos años es ir depurando el rebaño hasta conseguir el cien por cien de pureza de la raza celtibérica.

Vemos la silueta de un pequeño halcón que sale de un bosquete y se eleva en el aire, JV se apresura a señalarlo con el dedo al tiempo que dice: “es un gavilán”. Yo también lo había identificado pero no tan rápido. Me quedo asombrado. Cada vez estoy más convencido de que no todo se enseña en las universidades. Un poco más adelante vemos unas flores azules que destacan sobre los ocres pedruscos del camino y la hierba seca de finales del verano. El tío José que todo se lo ha enseñado en esta magnífica Universidad que es la naturaleza, nos dice que se trata del azafrán borde, flor indicadora de que se acerca el otoño y no tardará en llegar el frío.

JV me cuenta una actitud que tienen las cabras y es que, en primavera y verano siempre se mueven cara a viento ya sea de levante o de poniente, así el aire les espanta los insectos.

Se lamenta de que ha sido un año muy malo, porque ha llovido poco desde el invierno y está todo muy seco. El tío Jose dice: “Los garroferos solo llevan cuatro garrofas, este año no habrá ni para los jabalíes”.

     El tío José nos cuenta que: “A los 18 años tenía una novia en Jarafuel , la conocí en las fiestas de Ayora. Estuve saliendo con ella durante un año. Iba desde Bicorp andando hasta Jarafuel, tardaba una jornada en llegar. Un día le dije a mi padre que quería irme a vivir con ella en su pueblo, pero se negó, quería que estuviera con el ganado. Le dije que ya le había pedido la mano y todo. Mi padre se enfadó aun más y ya no la volví a ver”.

1 Pastor retirado natural de Bicorp y que cuenta actualmente con 82 años. Este abuelo de carácter vitalista y concienzudo nos contó sus recuerdos y nos ofrendó sus vivencias, sin un ápice de amargura, orgulloso de todo lo que la vida le ha dado y con una sencillez y nobleza como solo lo pueden hacer aquellos hombres que recorrieron tantos años por estos caminos del Caroig.

          José Rey Gandía, es un pastor retirado que vive en Bicorp. Se le conoce, y así lo llamaremos en adelante, como el tío Pepe. Se le ve un hombre con los normales achaques de la edad, pero, sobre todo; con la intensa pena de la repentina muerte de su mujer, a la que tanto amó y ama. Eso sí, conserva el brío que le brindó la naturaleza al transitar diariamente sus sendas. A los 7 años ya se fue con unas cabritas al monte. Un tío suyo, que se fue llamado a filas, le pidió que cuidara su rebaño y así fue. El tío ya no volvió, ni nada se supo de él: el tío Pepe fue el que se encargó de la hacienda. Confiesa haber sido muy féliz “a mi me ha gustado mucho, chico”. Recuerda las dificultades que el Estado, equivocadamente, ponía a los pastores “se comían los pinos nos decían” y, ahora, afirma que les pagarían para que volvieran con el ganado al monte, pues lo que sí comen es la aliaga y la coscoja, y así, limpian el monte. Sin duda eran otros tiempos, y, ahora, el mundo pastoril escribe, desgraciadamente, su epílogo. Hoy ya no quedan prácticamente pastores en el monte y el bosque parece desierto, abandonado de sus pobladores naturales. El ganado fue una riqueza y ahora está desapareciendo del paisaje natural para pasar a las granjas. El tío Pepe confiesa haber sido feliz en el monte, lo recuerda con melancolía debajo de un pino que confiesa haber visto crecer y que ahora le sirve de techo: “me cago en diez, ojalá pudiera volver a la naturaleza y ser feliz”. Ciertamente la vida le ha golpeado, la muerte de su compañera le ha sumergido en una gran tristeza, en medio del monte se le ve revivir y añorar una vida plagada de amor y ricas vivencias. Bendito el tiempo que cura las heridas y hace olvidar penas pasadas, y esperando que nuestras lágrimas puedan lavar nuestra memoria, esperamos poder olvidar y sentirnos mejor mañana (al ver el dolor de nuestro amigo).

     Fue una persona amigable, amable con todo el mundo, no recuerda tener enemigos: ni con otros pastores ni con los guardas forestales. Nunca tuvo problemas con la Guardia Civil. Una vez, sólo una vez le denunciaron: “Me pusieron una multa de 200 pesetas en Millares por no llevar la guía1”. Vivió durante muchos años en la Hoya del Sal, en medio del monte, pero nació en Anna, pues “su madre fue a Anna a parirle”. Una vez casado vivió 30 años en Alambín, la última casa del término de Quesa y ya, desde ahí, se quedó en Bicorp. Con lo que sacó del ganado se casó con una mujer de Mallorca, donde hizo el servicio militar. Ella era hija de un brigada, y el tío Pepe, al enamorarse de ella, tuvo la posibilidad de hacer carrera militar, pero a él le tiraba la libertad del monte y ella siguió, por amor, sus pasos. Llegaron a tener 800 cabras y 100 ovejas, tanto era el trabajo que llegó a contratar pastores2 para que le cuidaran distintos hatajos. Su mujer, fiel y solícita, le ayudaba en todo. Recuerda el tío Pepe como le aguantaba el candil, cuando de noche tenían que trabajar duro en el corral.

     El tío Pepe no hizo trashumancia, pero sí que realizó trastermitancia; iba de Casillas (término de Millares) al Alambín (término de Bicorp), con la intención de proveer pastos, siempre frescos, al ganado. De esta forma la comida se podía recuperar para otra ocasión. Como afirma el tío Pepe “la cabra es muy señorita, es como las mujeres que van floreando por ahí. La oveja, en cambio, lo que le das se lo come. Eso sí, la cabra es más dócil y la oveja muy zompa”. Su perro (Bartolo) fue una gran ayuda para él, pues en muchas ocasiones se ocupaba, él sólo, de las cabras, cuando el tío Pepe le vencía el trabajo o el cansancio. Las cabras eran marcadas en los cuernos por una señal que identificaba a su propietario, con el fin de evitar los robos. Aunque peor que un robo, era cualquier enfermedad. Había una dolencia que atacaba a las cabras llamada la gota: se les hinchaban las rodillas y caían al suelo, donde los zorros las degollaban al quedar atrás, en una ocasión –confiesa-, “tuvo una gran ruina”. Otra enfermedad era la sarna, que se producía, bien por falta de agua y comida, bien por masificar el ganado en un corral, pues el animal padecía calor y asfixia.

1 La guía es un informe que elaboraba el veterinario donde se informaba del estado del ganado, para así evitar contagios.

2 Un pastor contratado “no valía na “. El tío Pepe les daba 100 pesetas al mes, comida y ropa. Además les daba fiesta algún día y ya estaba el contrato hecho, con un simple apretón de manos. Hoy no valen nada ni el apretón de manos ni los papeles. Recuerda haber perdido un pastor contratado, cuando, después de la guerra civil, los maquis poblaron los escondrijos de los montes y la Guardia Civil le alertó de la presencia de los mismos, lo que le asustó y se fue.

     El tío Pepe tenía gran devoción a san Antonio, patrón de Benali, de hecho en sus travesías por el monte no le faltaba una estampa del santo, y, en cuántas ocasiones y dificultades se amparó a él “San antonio Bendito”. Nos aclara que es el San Antonio de Padua de Benali. Le hizo muchas promesas y lo llevó a hombros en procesión en momentos importantes de su vida. El tío Pepe vendió su ganado hace unos tres años: “fue la única vez que lloré, esa y la muerte de mi mujer. Si tenía 300 cabezas, las tenía a todas bautizadas y las conocía una a una, por su nombre”. Recuerda las veces que hizo la majada debido a que en septiembre ya escaseaba el alimento y había que sacar a los animales por la noche. Él se quedaba toda la noche con el ganado y observaba la Vía Láctea, el firmamento; ha escrutado el cielo en multitud de ocasiones y, durante esas largas noches, ha encontrado las respuestas que se presentaban a multitud de problemas. Las estrellas han oído sus confesiones más íntimas y, sin duda, brillarán con su luz más intensa el día que el tío Pepe se reúna con su amada. Habrá deseado morir cuando decline el día, en monte alto y con la mirada alta; donde el alma remonta el vuelo y sigue al majestuoso vuelo del águila. Ese día el sollozo se convertirá en regocijo; aunque la vida te agarre y lo arrastre, no podrás, pues atisbarás la luz de la esperanza.

     El tío Pepe, nos cuenta algunas curiosidades: “no se puede quitar al ganado en luna creciente, pues saldrán pulgas, en cambio si lo quitas en luna menguante no pasará esto. De igual modo, si el ajo lo plantas en creciente la raíz se saldrá de la tierra, y en menguante no.

     El tío Pepe nos habla de Alonso, un pastor de Zarra apodado El Manco, que lo desterraron de su pueblo natal Alcalá del Júcar por pegar a un Guardia Civil. “era un hombre bragao, bastante hipócrita, al final nos hicimos amigos, pues de jóvenes tuvimos nuestras rencillas ya que entraba en mis pastos sin permiso”.

     Nos despedimos de JV que se va a Ayora. El tío Pepe y yo nos quedamos sentados bajo unos pinos, cercanos a la Fuente de la Carrasca, desde allí divisamos todos los montes del Caroig salpicados de antiguos corrales de ganado, ahora en ruinas debido al implacable paso del tiempo, por unos momentos permanecemos en silencio en aquel desolado paraje, tan solo se escucha el silbido del viento, el tío José parece tener la mirada perdida, pero no es así, está observando aquellos corrales donde muchos años atrás albergaban cada uno de ellos centenares de cabezas de ganado y que ahora permanecen abandonados para siempre y que son vivo reflejo de la decadencia de estas tierras alzándose como un soplo de tristeza en medio de los campos. Todo es silencio, y ni los pájaros se atreven a cantar…el mismo viento que segundos antes había traído a la mente del tío José los recuerdos de los tiempos en que recorría la sierra, lo vuelve en sí y me dice: “Vamos pal pueblo, que me esperan pa la partida de dominó”.